Etimológicamente la palabra adulto, proviene de la voz latina adultus, que puede interpretarse como “ha crecido”.
Luego de la etapa de la adolescencia, llega un momento en que la persona alcanza su máximo desarrollo fisiológico, morfológico y orgánico; sin embargo, desde el punto de vista psico-social, el crecimiento del ser humano, a diferencia de otras especies, se manifiesta de manera ininterrumpida y permanente.
Esto quiere decir que, a pesar de haber alcanzado su máxima estatura, de que sus facciones estén definidas o que quizá no le funcione bien alguna parte del cuerpo, toda persona puede aprender cosas nuevas que la lleven a relacionarse mejor con su entorno, a transformarlo y a transformarse a sí misma.Para muchos adultos, volver a los estudios, significa un retroceso en su vida, pero esto no tiene porqué ser así. El ser humano está dotado para adquirir conocimientos de manera continua y altamente satisfactoria, por lo que existe una gran variedad de modalidades de estudio, materias y actividades que no sólo nos abren la posibilidad de una mayor capacidad adquisitiva sino también de un desarrollo personal, cultural, social, físico e incluso espiritual.
Es así que el adulto no sólo puede aprender de las cosas cotidianas o sucesos esporádicos sino que, con la colaboración de otros adultos (los profesores), puede y tiene derecho a desarrollar diversas capacidades intelectuales, psicológicas, sociales, espirituales etc. Incluso descubrir las que estuvieron ocultas o poco estimuladas en etapas anteriores de su crecimiento.
En su libro, Los maestros y la educación de adultos, editado por la UNESCO Arnold S. M. Heley, presenta la idea de que, independientemente de su labor más usual (instruir a los niños en las escuelas primarias), el maestro puede tener una segunda vocación que es la de contribuir a la alfabetización de adultos.
Sin embargo, “las necesidades y los intereses educativos de los niños y de los adultos son totalmente distintos y no deben confundirse”, afirma. Es decir, la educación para adultos está destinada a una población con características especiales, estructuras e intereses propios.
En el adulto, el deseo de saber, de aprender, está siempre diferenciado y muy condicionado por su historia individual y social, más que en el caso de los infantes.
El adulto ha ido desarrollando una serie de estrategias de aprendizaje para resolver las situaciones problemáticas; sin embargo, se enfrenta a una constante lucha por mantenerse motivado, pues debe cumplir con las exigencias de sus ocupaciones laborales y domésticas, por ejemplo. Esto complica –mas no impide– que pueda destinar tiempo, dinero y esfuerzo a un aprendizaje más sistematizado o formal. Su ignorancia o falta de confianza en su propio conocimiento lo marginan, en el fondo, de sí mismo.
De ahí el surgimiento de la Andragogía, disciplina que se ocupa de la educación y el aprendizaje del adulto, considerando las variables específicas que caracterizan este proceso en sus diferentes etapas.
“El andragogo es un educador que, conociendo al adulto que aprende, es capaz de crear ambientes educativos propicios para el aprendizaje; es el ser de la relación de ayuda educativa al adulto”, afirma el investigador, Manuel Castro Pereira en su obra, Conformación de un Modelo de Desarrollo Curricular Experimental.
En nuestro país, si bien la andragogía no es muy conocida aún, vale la pena mencionar el gran esfuerzo por parte de los profesores dedicados a este tipo de enseñanza por lograr abatir las carencias educativas. Trabajar en la educación para adultos y estar decidido a seguir aprendiendo a la edad que sea constituye no sólo un compromiso consigo mismo sino con la sociedad, es reconocer una fuente de aprendizaje en cada persona y la capacidad para transformar juntos su realidad.